Ajedrez: nostalgia de la inteligencia artificial

Una vez un computador me ganó jugando al ajedrez. No fue rival para mí cuando pasamos al kickboxing.

Emo Phillips

Hubo una época en la que el ajedrez era tierra virgen en la investigación de la inteligencia artificial. Sin embargo estaba claro desde el principio (es decir, los tiempos de Alan Turing), que no podía llamarse inteligencia artificial a un proceso de elección determinado por un algoritmo dentro de un campo de opciones limitado (porque aunque las posibilidades matemáticas del ajedrez son enormes, no son infinitas). Debido a las limitaciones del hardware, se creía hasta finales de los ochenta que las máquinas no tenían lo necesario para vencer a los mejores jugadores: intuición, conceptos de estrategia, y sobre todo, inteligencia.

Hoy en día, gracias a la ley de Moore, la superioridad de los programas de ajedrez sobre los seres humanos es aplastante. Sin embargo, esto hace pensar que los juegos abstractos no son necesariamente el mejor modo de probar que las máquinas tienen inteligencia; por más que puedan evaluar una posición (en realidad, millones por segundo) y tomar decisiones ganadoras a largo plazo. O incluso, aprender de los errores (que al igual que en los humanos, es capacidad de memoria, no de inteligencia). Las victorias de Deep Blue y Deep Fritz sobre Kasparov y Kramnik han demostrado que las máquinas tienen la capacidad de ganar a los seres humanos, pero no que sean conscientes de cómo.

Hoy en día se asume que la perfección en ajedrez consiste en jugar como una máquina. Obviando los errores de bulto, si nuestras jugadas no son las primeras que consideraría hacer un programa, decimos que son malas. Y si se parecen demasiado, decimos que quien las hace es un tramposo. Los motores de ajedrez están programados para evaluar una posición con números, aunque eso no es reflejo de su capacidad de entendimiento. Veamos algunos ejemplos evaluados con programas más o menos recientes: Chessmaster 5500 y Fritz 5.32, de 32 bits, y Rybka 4, Stockfish 5, Komodo 5 y Houdini 4, de 64 bits (los últimos tres permiten usar múltiples núcleos).

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Juegan blancas.

 

Este es un ejemplo clásico: mientras que un jugador medio sabría que es imposible pasar de las tablas, todos los programas dan una evaluación de ±13 a favor de las negras, basados en la ventaja material. Sin embargo, sólo los programas antiguos (CM5500 y Fritz 5.32) siguen cometiendo el error de jugar 1.bxa5??, abriendo la posición y permitiendo a las negras imponer su ventaja material.

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Juegan blancas.

 

Aunque los programas de mediados de los ochenta buscaban disminuir la desventaja material jugando Axh4??, perdiendo el final contra los peones negros, todos los programas de esta prueba jugaron la correcta Ah6!! logrando las tablas, aunque seguían dando una evaluación ventajosa a las negras. Y posiblemente lo lograron más por fuerza bruta de cálculo que por entender el concepto de tablas de esta posición: un final de alfil y peón de torre es tablas si el peón corona en una casilla no controlada por el alfil.

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Juegan negras.

Por último, un ejemplo tomado de la Copa Sinquefield 2014, de una partida entre Magnus Carlsen y Levon Aronian. Como los torneos transmitidos por internet van acompañados de los análisis de un motor de ajedrez, muchas veces los espectadores (e incluso los analistas) hacen conclusiones por anticipado. En la prueba, todos los programas daban ventaja a las blancas, aunque ninguno logró ganar con blancas un final de evidentes tablas. Debería ser la prueba de que el criterio de una máquina todavía puede ser vencido por la inteligencia humana, excepto cuando un jugador se empeña en vencer a una potente calculadora en su propio juego.

El test de Turing dice que, si una máquina es capaz de crear algo que un humano sea incapaz de distinguir si es obra de una máquina o de otro ser humano, entonces la máquina que lo crea posee inteligencia artificial. Por ejemplo, el campo más interesante de investigación son los bots conversacionales: programas que simulan una conversación con el usuario. Hasta ahora, ningún bot ha sido capaz de convencer a un humano (experto en semántica, lógica o retórica), de que tiene inteligencia artificial. Tampoco los juegos son prueba de inteligencia. Ni siquiera el póquer: cualquiera puede dejarse engañar por el bluff de un programa de teléfono móvil. Por suerte, aún nos queda el arte, porque la inteligencia dejará de ser exclusiva de los humanos el día en que las máquinas, además de ser conscientes de sí mismas, comprendan el sentido de la creatividad. Podrán tener una potencia de cálculo infinita, pero si Skynet no es la especie dominante, no es porque no pueda vencernos en ajedrez.

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