ene 10

Sociedad del Talión: cuando a ellos les funciona

Por más que se ofendan los prohumanistas, la única respuesta válida a qué debe hacer una sociedad con sus elementos antisociales irrecuperables es la pena de muerte. Después de todo, a los asesinos les funciona.

Comentando en KienyKe.com la actitud de los mexicanos quienes, cansados de la delincuencia y la inoperancia y corrupción de las autoridades,  deciden hacer justicia por cuenta propia.

Más allá de lo ocurrido tras los asesinatos de los caricaturistas de Charlie Hebdo en París (sobre los que no quiero hablar de la falacia del verdadero musulmán), más allá de que en pleno siglo XXI siga imperando la ley del más fuerte, más allá de que la desigualdad social sea el pretexto para la delincuencia y la violación de la ley y el derecho, cada crimen es un fracaso de la sociedad a la hora de hacer valer el respeto a unos derechos fundamentales que con tanto orgullo pretende defender.

En estos países no hay más ley ni justicia que la que se hace por cuenta propia. En cambio, si alguien mata a un ladrón en defensa propia, puede ir a la cárcel por leguleyadas como “uso desmedido de la fuerza”, o los jueces dejan libre a los delincuentes por “falta de garantías” o “no constituye un peligro para la sociedad”, como si creyeran que la ley es la letra menuda del contrato social.

No tiene sentido que una sociedad se organice con base en conceptos de ley y autoridad que luego pretenda interpretar a su antojo. Más allá de la necesidad de un gobierno, no sirve de nada decir que los derechos del individuo terminan donde comienzan los derechos ajenos, si todo es susceptible de interpretación, o si hay que preguntar a los progres si matar por un celular es culpa del coeficiente Gini.

Más allá de saludos a la bandera, de la indignación de los humanistas y los pro-vida, de palomitas blancas y pendejadas simbólicas, todos saben que lo único que cambia las cosas es dejar en claro el mensaje: una sociedad unida tiene que hacerle saber las cosas a ellos: que la ignorancia de la ley no es excusa; que la ley haga pensar dos veces a quien quiera pasarse por la faja el respeto a los derechos ajenos. Que quien se meta con el individuo, se mete con el grupo. Que la cárcel sea un castigo. Y que quien sobre, que no estorbe.

Está demostrado que el castigo funciona, porque les funciona a ellos (“haga lo que digo o…”). Está claro que la pena de muerte es una sentencia disuasoria, porque les funciona a ellos. Hay quienes dicen que en Colombia debería eliminarse la pena de muerte, porque la aplican ellos. En un país que lleva medio siglo sin recuperar el monopolio de la fuerza, donde la ley es un chiste y la justicia un concurso de leguleyadas, está claro que la única ley que funciona es la ley del más fuerte, y que la fuerza está del lado de ellos.

Solucionar la desigualdad como causa de la delincuencia es necesario, pero puede tomar generaciones. Siendo pragmáticos al límite, sólo hay una solución al dilema de qué hace una sociedad con sus elementos antisociales irrecuperables. La misma que intercambia el derecho a vivir de un asesino con el de una persona de bien. La misma que a ellos les funciona.

ene 03

Por qué los ateos no se ganan la lotería

Pregunta o afirmación, no lo sé. El portal Pulzo.com publicó la historia del ganador del Sorteo Extraordinario de Navidad, el pasado 20 de diciembre. Cómo estamos en Colombia, si alguien se gana la lotería hay que proteger su identidad; por eso la empresa de lotería llamó Juan Gómez (sic) a quien Pulzo llama Andrei Guzmán. De cualquier forma, si creemos en su testimonio, llama la atención lo involucrado que está el concepto de un ser supremo y omnipotente en el plan de premios de uno de los sorteos de lotería más grandes del país.

De entrada, definir el concepto de dios ya es un problema. Para muchos, un genio de los deseos; para algunos, la abstracción de los principios y leyes que rigen y dan orden al universo. Para la gran mayoría, un ser personal, inteligente, amoroso, celoso y vengativo, con las virtudes y defectos de cualquier humano creado a su imagen y semejanza (pero con el prefijo omni- y el sufijo -ísimo). De nuevo, como estamos en Colombia, el dios del que hablamos no es otro que el dios judeocristiano, tan arraigado en este continente que después de cinco siglos no se limita a ser una simple base del deísmo; aquí premia y (sobre todo) castiga, interviene en la vida y la sociedad sin pedir permiso y hasta decide el resultado de un partido de fútbol. Y nadie se gana la lotería sin su divina aprobación.

Revisando el testimonio del ganador del premio de marras, ambos artículos comienzan con la declaración inicial:

“Llevaba 4 meses estudiando el número [el 1713, de la serie 11], hasta que una noche en un sueño Dios me iluminó y tuve una gran revelación. Apoyándome en el ajedrez, en el estudio de los números y las probabilidades lo fui buscando”.

Destacemos este párrafo. Mucha gente ha estudiado “los números”, pero con la “numerología” y su curiosa combinación de conceptos aplicada a los juegos de azar: dios, fe, citas bíblicas, adivinación, universo y diezmo (por cierto, si técnicamente la biblia no condena la lotería es porque no era conocida en la Edad del Bronce). Lo de las probabilidades es obvio, pero por otro lado, ningún ajedrecista vería relación entre un juego abstracto de estrategia y un juego de azar (aunque sirve si hay que meter misticismo como sea). Y sobre la frase “una noche en un sueño Dios me iluminó”, si las discusiones entre ateos y creyentes han demostrado que dios es comprensible sólo por teólogos (o que sólo se revela a un club de selectos elegidos), entonces sí es más probable ganarse la lotería que tener una revelación del dios de Israel.

Es cierto que hay fenómenos que la ciencia no puede explicar (y menos cuando no se le permite observarlos con el método científico), pero por aquello de la navaja de Occam, si es algo que no ha pasado más allá de la mente del observador, lo más probable es que sea mentira (como si la mente no pudiera engañarse a sí misma). La idea de dios permite dar respuesta a cualquier cosa, pero es bueno recordar que hablar con dios es una cosa y escuchar a dios es otra. La segunda parte relevante del testimonio del ganador del sorteo de Navidad dice:

Un mes atrás apareció invertido (el número ganador) en otra lotería, ese día lo visualicé y dije, ese número va a caer. Con mi fe y creencias en las energías y el universo comencé a buscarlo hasta que lo encontré en manos de una humilde lotera de Bosa”.

Esto me recuerda el comienzo de un libro del famoso Método Silva, en el cual su autor hablaba de cómo la Mente Universal le reveló los números de una lotería, de cómo encontró el billete en otro estado fronterizo, y de cómo ganó el premio que necesitaba con ansias para financiar uno de sus proyectos. Y aquí es donde quiero responder (o preguntar) por qué los ateos no se ganan la lotería.

Mucha gente dirá que este es un artículo escrito desde la envidia, y que en este país muere más gente de envidia que de cáncer; tienen razón. Todo esto puede verse como un montón de afortunadas coincidencias por dos razones: porque técnicamente lo es, o porque sería el colmo que lo fuera. Si lo es, sería un desperdicio toda una vida destinada a estudiar ciencia cuando los problemas de la medicina, la política o hasta la meteorología se resuelven por las “energías” o la inescrutable voluntad de dios.

Si fuera cierto que la fe mueve montañas y manipula números aleatorios, entonces no sólo habrá sido en vano todo sentido común aplicado a las probabilidades, sino que los juegos de azar serían la prueba definitiva de la superioridad de la fe y la pobreza de espíritu, sobre la soberbia intelectual de los ateos (incluido un servidor) y aquellos que sólo conocen la energía que se puede medir en joules. Sería el triunfo de la superstición y la fe sobre la sentencia de que la lotería es un impuesto a no saber matemáticas. Por todo esto, más fácil que un ateo ganándose la lotería, es ver a un bienaventurado pobre de espíritu ganándose el Baloto y cruzando el ojo de una aguja hacia el reino de los cielos.

P.D.: “Era ateo, rezó en broma pidiendo un millón de dólares ¡y lo recibió! Ahora es católico.” Esto va en serio.

nov 29

Reflexiones sueltas: reggaetón y derechos humanos

“Aguantar dos horas de reggaetón da para violar todo el derecho internacional humanitario en defensa propia”.

Comentando el artículo Canciones que se han usado para torturar, muy curiosamente no soy el único en pensar que el reggaetón y aberraciones conexas podrían ser usadas como medio de tortura. Porque lo son.

P.D.: “La gente, el reggaetón y, dice Pineda, la anarquía, se apoderaron de la noche del barrio.” Crónica de la vida nocturna de Caracas, la ciudad más violenta de Sudamérica. Ahí lo dejo.

nov 29

El “Shakespearcito” y la apología de la imbecilidad

Una de las lecciones más aberrantes que recuerdo del catecismo católico es la que tiene que ver con el décimo mandamiento de la “ley de Dios”: No codiciarás los bienes ajenos. Según el catecista, esto quiere decir que debemos conformarnos con lo que nos ha tocado por voluntad de Dios, y cualquier ambición de alcanzar lo que no nos pertenece sólo puede satisfacerse violando los otros mandamientos. Y esto no se limita sólo a las posesiones materiales, sino intelectuales; a eso se refiere la bienaventuranza de la “pobreza de espíritu”, la renuncia a todo lo que signifique la codicia material y la soberbia intelectual. Porque no todos pueden gobernar, tendrá que haber gobernados; lo suficientemente inteligentes para obedecer, pero no tanto como para rebelarse. Este mundo será de los dueños del poder, mientras que a los pobres (de materia, y sobre todo, de mente) se los contenta con la inútil promesa del reino de los cielos.

El viernes murió el comediante mexicano Roberto Gómez Bolaños, quien como nadie contribuyó a celebrar y alimentar la “pobreza de espíritu” del pueblo latinoamericano. Más conocido por el nombre artístico de Chespirito, un presunto diminutivo de Shakespeare con el cual disfrazó de ingenioso un estilo ramplón, basado en el más primitivo humor de pastelazos y mexicanismos. Al igual que Cantinflas, todos sus personajes han contribuido a perpetuar la “viveza” del latinoamericano, la idea de que si se es “pícaro”, se puede superar la adversidad y salir adelante en la vida aún siendo un mediocre o un inútil. Y no hubiera sido sólo un comediante mexicano más, como muchos otros para nosotros desconocidos, si no fuera por el aparato mediático de Televisa, que inundó de miseria cultural al continente y más allá. No importa que no todos los latinoamericanos sean mexicanos; gracias al éxito de estas joyas de la televisión, no es raro que al norte del Río Grande nos vean como “frijoleros”, o que en el otro lado del charco todos somos “panchitos”.

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What am I, a beaner? (Fuente: http://bit.ly/1vxG07j)

Como bien decía Jaime Garzón (alguien cuyo sentido del humor sí tenía sólidas bases intelectuales, lamentablemente ignorado por ser visto como un humorista más): “Resulta que en Colombia no hay colombianos, vea… Los ricos se creen ingleses, la clase media se cree gringa, los intelectuales se creen franceses, y los pobres se creen mexicanos”. Por más que muy pocos mexicanos se sientan identificados con Cantinflas o los personajes de Gómez Bolaños, aquí se ha arraigado como en ningún otro lugar del continente la cultura popular mexicana, que desde el cine hasta las rancheras o los corridos, hacen apología de la violencia, el machismo, la pobreza, la ignorancia y la estupidez, ridiculizada y disfrazada de cultura según convenga (“los habitantes de Creta son los cretinos”). No en vano puede venir Gómez Bolaños a la feria del libro de Bogotá a decir que el Guernica de Picasso es una “caricatura”, con el aplauso de todo el auditorio. La única cultura válida es la que yo hago, lo demás son mamarrachos.

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Somos la base de la democracia, sufrimos las consecuencias de nuestras decisiones, no queremos ni sabemos hacer las cosas bien. ¿Con quién nos identificamos? (Fuente: http://bit.ly/1v4lDjt)

Algunos artistas se enorgullecen de saber “llegar al pueblo”, de no hacer arte para las élites sino para la clase trabajadora y demás; lo que en el fondo se puede traducir como llegar a las masas (por los beneficios de los números) o a los pueblos (por la escasa profundidad intelectual de sus obras).  Algo que el “Shakespeare de bolsillo” no demostró entender es que si las élites quieren burlarse de los pobres, entonces buscan justamente a comediantes como Gómez Bolaños, quienes ridiculizan al extremo la idea de pobreza y estupidez, para luego venderles la paz del conformismo con ideas como “mejor pobre pero honrado” y “los ricos también lloran”. Sin mencionar que los programas de Gómez Bolaños podían ser vistos como apologías a la violencia, la discriminación y todas aquellas cosas que los “humoristas del pueblo” pretenden defender o reivindicar.

No hay muerto malo, dicen cada vez que alguien famoso muere. Ningún trabajo es deshonra, suele responderse a quien cuestiona la dignidad de viejos de setenta años disfrazándose de niños para subsistir. Es posible que muchos de sus críticos alguna vez rieron con sus chistes, pero por ser típicos chistes de pastelazo y tropezón. No hacen gracia los viejos ridículos disfrazados de niños. No, no fue Shakespeare, no es humor inteligente, es adoctrinamiento en la mediocridad, cortesía de Televisa. Cuando se quiere recordar como un genio a un simple reciclador del humor ajeno, sólo hay que salir a la calle, ver lo mucho que puede parecerse nuestra realidad a la de la cuna de tanta presunta genialidad, y recordar aquella frase que dice que en nada se conoce tanto a las personas como en las causas de su risa.

feb 18

Reflexiones sueltas: las cosas por su nombre…

El reggaetón es una música que no tiene letra sino letrina.

Comentario en semana.com a la tutela simbólica interpuesta por el músico Darío González en contra del género-banda sonora de la pseudocultura lumpen. Yo iría más lejos: hace cinco siglos los conquistadores trajeron las enfermedades venéreas; hoy están infestados de reggaetón, la única enfermedad venérea de transmisión sonora. ¿Tengo razón?

Valga decir que no creo en las cosas simbólicas. Aunque haya conseguido llamar la atención sobre buscar que eso “no invada todos los espacios del diario vivir”, no es el único género punible ni la única exigencia posible de respeto al derecho ajeno. Porque ese es el problema con las mediocracias: no les basta con ser mediocres, sino que no se lo guardan para sí mismas. Y ya sabemos lo que importa para ellas el respeto al derecho ajeno.

Reflexiones sueltas: si fuera por las noticias…

Quote

De verdad que si fuera por las noticias de hoy, le pegaba un tiro a este país.

Comentarista N° 24 en 20minutos.es, ante la noticia de que el director del Centro de Medicina Regenerativa de Barcelona renunciaba ante la falta de apoyo político y financiero, poniendo en duda proyectos de investigación de células madre entre otros. Me hizo gracia. Aunque aquí no estamos para echar cohetes, cuando tampoco pasa un día sin que este país se avergüence de sí mismo. Ojalá no tenga que decir lo mismo algún día.

dic 07

Los colombianos no quieren la paz

De entrada, contexto. No es posible ignorar a las víctimas de la violencia en Colombia (social, partidista, subversiva o terrorista), diciendo sin más que los colombianos no quieren la paz. Entonces, ¿cuál es la razón de afirmar semejante cosa? En realidad es tan simple como preguntar si los colombianos quieren algo cuando han demostrado que no saben lo que es, ni lo que implica hacer para obtenerlo.

El gobierno de Colombia ha iniciado un proceso de paz con las Farc, y según algún método estadístico aleatorio extrapolado de muestreo en el que no me incluyeron, el 68% de todos los colombianos apoyan este proceso. Puesto que las Farc son un grupo que practica el terrorismo y la violación del derecho internacional humanitario mediante la guerra de guerrillas contra el Estado (y que por ello se proclama grupo guerrillero), cabe preguntarse si un diálogo de sordos en el que las Farc afirman que no van a deponer las armas ni a pagar un día de cárcel por sus innegables delitos de lesa humanidad, y en el que el gobierno de un presidente que aspira a la reelección haga toda clase de concesiones, puede llamarse un proceso de paz. O qué concepto de paz tienen las Farc, el gobierno, y tanto el 68% de quienes apoyan este proceso como sus detractores.

Un colombiano promedio, de aquellos que aprendieron geografía colombiana a base de noticias sobre tomas guerrilleras en los últimos veinte años, diría que la paz es simplemente que no haya guerra. Algún idealista, incluyendo a los implicados en ambos bandos del llamado conflicto armado colombiano, dirá que la paz no es sólo ausencia de guerra, sino presencia de justicia. Sea como sea, cuando se habla de paz en Colombia parece que sólo se piensa en el fin del terrorismo y la violencia armada entre el Estado y la subversión.

En un sentido más amplio, la guerra no es el único antónimo de la paz, sino todo aquello que signifique violencia. Lo que pasa es que en Colombia la violencia se ha entendido como la violación de nuestro derecho a ejercer la violencia contra los demás, ya sea la que la “oligarquía” ejerce contra el pueblo, la que los “ejércitos del pueblo” ejercen contra el pueblo, o la que el pueblo ejerce contra el pueblo. Ya sea por imponer unos ideales políticos o el derecho a oír música a 180 decibelios. E infortunadamente, el extendido arraigo por la violencia es lo que hace que los colombianos no quieran la paz. He aquí otras razones:

Los colombianos no conocen la paz: Desde los tiempos en que los conservadores decían que matar liberales no era pecado, ninguna generación en Colombia ha visto este país en paz; por lo tanto no la conocen. El símbolo de la paloma blanca ha sido la única manera de representar algo que nadie puede definir con certeza. Y eso incluye a muchos de los mal llamados “líderes de opinión” de este país.

Por ejemplo, cuando Juanes era famoso, propuso que la paz fuera considerada un derecho humano. Ignorando, por supuesto, que la paz es el resultado del cumplimiento de los derechos humanos, no sólo un concepto para hacer demagogia. O marketing.

Los colombianos no practican la paz: Probablemente la mejor definición de paz que se haya dado sea también la más conocida: el respeto al derecho ajeno es la paz. Y entonces, ¿por qué a nadie le interesa? Por la tradición cultural de no ver más allá de mis derechos, ignorando que terminan donde comienzan los derechos de los demás. Y porque en lugar de una cultura basada en derechos como contrapeso a las responsabilidades y deberes que implica tenerlos, existe la cultura del atajo.

Se ha escrito muchísimo sobre la falta de civismo o de respeto por las normas o por la autoridad (que cuando no peca de represora lo hace de laxa), como ejemplos de la cultura de la viveza, de esa malicia indígena que, a menos que se encuentre en el genoma humano latinoamericano, no es más que un pretexto. Si para conseguir algo existen alternativas al respeto al derecho ajeno, ¿para qué practicarlo?

A los colombianos no les gusta la paz: ¿Por qué hay quienes pagan televisión por cable o satélite para seguir viendo Pandillas, guerra y paz? Si los colombianos pudieran ser más violentos, agresivos e irrespetuosos del derecho ajeno, lo serían. Si no es así es porque eso demanda algo de esfuerzo intelectual. Es sólo una prueba de que la cabra siempre tira al monte, y no por falta de opciones.

Cuando la cultura del atajo no funciona, y si el fin justifica los medios, la primera opción para imponer mis derechos es recurrir a la violencia. La prueba de que nadie en Colombia comprende cómo funciona la sociedad en la que vive es que, cuando alguien quiere hacerse oír, termina recurriendo a la violencia cuando no le funcionan las cosas simbólicas; e igualmente ni lo uno ni lo otro afectan al status quo.

Para decir algo se puede optar por decirlo decentemente, o como en la sección de comentarios de cualquier medio digital nacional, sobre todo si el tema es controvertido (a los medios de comunicación les gusta presumir de ser seguidos en las redes sociales, pero creen que no es importante lo que la gente demuestra en sus páginas de comentarios).

Si empelotarse para protestar por algo es tan simbólico como inútil (por muy de moda que esté), siempre queda el otro extremo de la papa-bomba o agarrar fusil en mano camino al monte. Si recurrir a la policía u otra autoridad simbólica es igual o menos efectivo que hacer justicia por cuenta propia, la opción que haga más ruido será la elegida. Y cosas simbólicas como el perdón y la reconciliación pueden ayudar a crear la ilusión de paz, pero técnicamente equivalen a la indulgencia y el olvido. A la tolerancia.

Justamente los simbolistas han decidido llamar enemigos de la paz a quienes reclaman el deber constitucional del Estado de hacer valer su monopolio de las armas en defensa de la paz, en lugar de buscar un estado abstracto e ilusorio de paz al muy concreto, tangible y elevado precio de la impunidad. O se llama perdón a que los empresarios reincorporen a la sociedad a guerrilleros que seguramente los habrán extorsionado antes. Dicen que “no hay camino para la paz, la paz es el camino”. Camino ¿a donde? No importa el objetivo final, si puede alcanzarse por una vía u otra. Si la autoridad no funciona, ¿se necesita?.  Si la paz no sirve para cambiar el status quo, ¿se necesita?

Corolario: el informe PISA demuestra una vez más que la educación en Colombia no sólo no mejora, sino que puede ir incluso peor. Al igual que la paz, se ha vuelto muy cuestionable el objetivo de la educación en Colombia. En lugar de la trillada educación para la dependencia y la pobreza, una educación concebida para sacar lo mejor de los ciudadanos podría ser el comienzo de una verdadera educación para la paz.

oct 06

Mundo de tercera, país de quinta (II)

Es fácil entender por qué resulta difícil mantener un blog en estos días, pero no por qué vale la pena. Al fin y al cabo, las redes sociales se han inventado formas diferentes, más prácticas y rápidas de compartir información (que esa información sea útil es otra cosa). Además los blogs implican una forma de procesar la información que está condenada a desaparecer: a diferencia de las imágenes y los videos, hay que leer un blog. Habrase visto cosa más anticuada. De todas formas, para mantener mi blog y continuar con el ejercicio de contar mis reflexiones personales sobre el mundo que me rodea, aquí va una segunda entrega.

Colados en Transmilenio (II). Imperdible el artículo de Andrés G. Borges en su blog de El Tiempo, titulado “La hipocresía de colarse en Transmilenio“. Una reflexión interesante acerca de la forma de pensar de quienes se cuelan en Transmilenio, el sistema de transporte masivo de Bogotá que alguna vez fue concebido como ejemplo de eficiencia, civismo y la extinta cultura ciudadana. Aunque la opinión mayoritaria en los comentarios es de rechazo a la práctica de colarse en Transmilenio (como ejemplo de la mentada cultura de la viveza colombiana), no deja de ser interesante el punto de vista de quienes defienden esta actitud, con típicos ataques ad hominem al “niño rico” que escribió el artículo, o la típica evasiva escapista (“¿por qué no escribe contra aquello o esto otro?”, aunque nada tenga que ver con el meollo del asunto, la falta de civismo de los bogotanos). Incluso, como si el respeto por las normas fuera cuestión de ideologías, se ha cuestionado el hecho de que la cultura ciudadana promovida por alcaldes como Antanas Mockus o Enrique Peñalosa se ha dejado perder en manos de las últimas tres alcaldías de izquierda.

Andenes enchapados. Si hay algo que reconocerle a Enrique Peñalosa como alcalde, fue haberle enseñado al distrito cómo se hace un andén (aunque luego abusara con los bolardos). Era impensable que en la ciudad, durante casi todo el siglo XX, nadie entendiera cosas tan elementales como el diseño correcto de una rampa de minusválidos, o que las baldosas con puntos en relieve son guías para los invidentes. Pero eso es algo que sólo se ve en las obras del distrito. Por eso llama la atención que ningún parroquiano entienda el concepto de “material antideslizante” a la hora de hacer el andén de su casa. Y a la hora de lo que a los demás les parece “bonito”, se ven exabruptos como andenes enchapados con baldosas de gres o el mismo porcelanato que usarían para enchapar un baño o una cocina.

Hasta aquí el asunto no pasa de ser una muestra del poco criterio y buen gusto del ciudadano por debajo de la media  (lo que sea que se entienda por eso), si no fuera por un problema de desprecio por el sentido común, que por el hecho de verse sólo en los barrios pequeños no deja de ser absurdo (aunque recuerde por ejemplo a Unicentro, que por casi cuarenta años mantiene los andenes enchapados en gres). Cuando en Bogotá llueve, estos andenes enchapados se convierten en resbaladizas trampas mortales para los peatones. Más de una vez alguna señora en tacones se habrá acordado de la madre del “arquitepto” que tuvo la brillante idea de enchapar el andén de su casa con porcelanato blanco de 40×40, alguna tarde cuando recién escampaba. Yo no soy de desearle el mal a nadie, pero si cada “genio” de estos tuviera que resbalarse y quebrarse la cabeza en un salto mortal hacia atrás para que aprenda el concepto de “material antideslizante”, no soy quién para oponerme.

Curadurías: los tinterillos de la planeación urbana. A comienzos de los años noventa se decía que el Estado debía tender a la descentralización mediante vías como la descongestión por delegación a particulares. En el caso de la ciudad, la adjudicación de licencias de construcción ha sido delegada por Planeación Distrital a los llamados curadores urbanos, una especie de notarios que habrán descongestionado las oficinas de Planeación, pero que sólo han cambiado una burocracia por otra. Es cierto que todo trámite en este país es tedioso, pero los curadores urbanos de Bogotá han impuesto su propio e irracional criterio.

Para empezar, la ciudad tienen cinco curadurías urbanas, y cuatro están en la zona de la calle 100 con autopista Norte (porque los curadores, que son arquitectos, deben vivir en el norte, supongo). Si resulta difícil entender por qué la gente construye como y cuando le da la gana, o por qué las normas son para saltárselas, basta con decir que si alguien quiere consultar las normas urbanas en una curaduría deberá hacer fila a primera hora (7:30 de la mañana, por lo general) para tener uno de los 25 turnos de atención (a veces menos, pero ni uno más). Y sólo de lunes a jueves. Es decir que es más fácil sacar una cita en el Sisbén que en una curaduría. Y todo para obtener una licencia que no es garantía de que la obra se construya respetando las normas urbanas, o tenga un uso autorizado o acorde con la zona, como los cientos de moteles aprobados en barrios residenciales con su licencia y su valla amarilla en regla. Y que los curadores sean particulares tampoco es garantía de que no sean corruptos. En serio, ¿cómo se gana el sueldo esta gente?

ago 24

Mundo de tercera, país de quinta (I)

Para referirse a este país (y casi a cualquiera al sur del río Grande), la expresión “república bananera” esta demasiado trillada. Es insuficiente para definir a una sociedad indolente, carente de civismo y solidaridad, conformista, egoísta, perezosa, cortoplacista y mediocre. Incluso no faltará quien reivindique la “banana republic” como motivo de orgullo, como pasó con otras expresiones.

También se ha vuelto aburrido el juego de encontrar las diferencias entre nuestros países y aquellos que pasaron de estar destruidos por las guerras a ser potencias mundiales. Tampoco sorprende ya la actitud de barrer bajo la alfombra escondiendo la realidad con mentalidad de agencia de viajes, creyendo que tres cordilleras o costa sobre dos mares son la verdadera cara de este país. Por ejemplo, estuvo de moda decir que Colombia es el país más feliz del mundo. Aunque sólo sea por encuestas sin valor ni fundamento, porque en estudios con mejores criterios, “the best vividero of the world” no sale tan bien librado. Pensando con la lógica de quienes se lo creen para negar la realidad, si este es el país más feliz del mundo, sólo hay una conclusión posible: la ignorancia es la felicidad.

Hay quienes se preguntan cómo es la vida en otras sociedades y por alguna razón desarrollan un sentido crítico hacia el mundo que los rodea, al punto de sentirse extranjeros en su propia tierra. Y a punta de ver todos los días la misma actitud de quienes conforman esta sociedad, incluso llegan a la conclusión de que los habitantes del país en cuestión son felices así. Si nadie hace nada por cambiar las cosas, si nadie cree que lo que hace afecta a los demás, si los lugareños creen innecesario el concepto de civismo, si en esta mal llamada democracia el pueblo produce la misma clase de políticos y cada cuatro años los elige, entonces esa es la norma, no la excepción.

Así son las cosas, y quien crea lo contrario lo mejor que puede hacer es irse. Habrá quienes digan que “los buenos somos más”, pero bien pueden ser la mitad más uno: estadísticamente cierto pero sin valor si no se demuestra. Habrá quienes marchen y hagan ruido con pitos y cacerolas para dar la impresión de que no es cierto, pero en el fondo la gente, toda la gente, es feliz con las cosas como son. A la hora de hacer algo de verdad, a la hora de votar, de boicotear, de dejar de apoyar al sistema, la gente prefiere seguir como está. Y eso, a un extranjero en todas partes, no deja de parecerle raro.

Eso es lo que me trae aquí. Como parte de la terapia ocupacional en que he decidido enfocar este blog, quiero relatar esas cosas extrañas que simplemente creo que son la prueba de que algo no está funcionando bien. Hago una reseña de varias cosas a la vez, que por separado no darían para una entrada entera para cada una (como dije antes, es aburridísimo hablar de lo que todo el mundo sabe pero que a nadie le importa). Y quiero hacerlo desde el punto de vista de alguien que acabara de llegar a esta ciudad, este país o este mundo de tercera. Como jugando a que no soy de acá. Porque nací “acá”, aunque no me sienta parte de “esto”.

Colados en Transmilenio. El punto más débil de ese sucedáneo de transporte masivo implementado en Bogotá, llamado Transmilenio, es la cultura ciudadana de sus usuarios. Pero eso de cultura ciudadana es algo inexistente, y la prueba está en los colados: vendedores ambulantes, pordioseros, o gamberros que se creen rebeldes contra el sistema por usar algo sin pagar. Como ha demostrado la experiencia, quien quiera hacer frente a los colados se expone a la apatía de los demás, a la negligencia de las autoridades (si tal cosa existiese), o a una puñalada gratis por “sapo”. La prueba de que los animales necesitan rejas, barreras, corrales, muros…

A veces las puertas de las estaciones se traban y los conductores o los viajeros no pueden abrirlas, pero quienes se cuelan las abren muy fácilmente. Alguien se quiso colar hoy en la estación de Hortúa, así que decidí ver qué pasaba si ponía un pie para impedir que el colado abriera la puerta y entrara sin pagar. ¿Resultado? La puerta que trabé no se abrió… pero sí la otra. Cuatro policías en la entrada de la estación estaban pidiendo cédulas para verificar antecedentes de quienes entraban, como si con eso consiguieran algo. Salvo ver a quienes habrán capturado y dejado libres a las dos horas.

Desperdiciando electricidad. Mansión Electrodomésticos, como su nombre lo indica, es un local de electrodomésticos cuya sede en la calle 126 Nº 20-73 tiene una peculiaridad: tiene un tablero electrónico en la entrada cuya luz blanca es demasiado fuerte, y que permanece encendido mucho tiempo después de haber cerrado el local (por lo menos lo he constatado hacia las 9 p.m.):

Estafas en Mercado Libre. Un ente que no tenga domicilio, NIT, teléfonos fijos, sitio web o algo, no puede ser llamado empresa. Sin embargo, a sitios como Mercado Libre no parece importarles, pues no tienen un control de quién puede anunciarse como empresa o promocionar algo que termina siendo una estafa. Tampoco ofrecen opciones que cubran todas las situaciones posibles y se limitan a la responsabilidad de los términos de uso de su sitio.

En un país serio, a la primera estafa producida en un sitio así, las autoridades lo cierran. Por algo, dicen, en España no existe Mercado Libre. En Colombia, sin embargo, no existen iniciativas que permitan regular o cerrar si es necesario estos sitios; tampoco hay otros que recojan todas las denuncias. El único que se encuentra es un blog venezolano: http://estafadospormercadolibre.blogspot.com. Por lo pronto, quien diga que a la gente hay que creerle, es porque no conoce este país.

Vuelve (dicen) DMG. Hablando de estafas, hace poco más de un mes se dio la noticia de que estarían resurgiendo las estafas piramidales en nombre de la extinta DMG. Los estafadores se anuncian con volantes en forma de billetes de dólar con la foto de David Murcia Guzmán, aunque sólo sea para estafar con el nombre más célebre de la crisis de las pirámides de 2008. Hace muy poco en el sur de Bogotá comenzaron a circular volantes similares, aunque de color azul y sin la foto pero también anunciando el regreso de DMG.

Siempre habrá quienes defiendan este tipo de estafas, porque funcionan para unos pocos (incluidos los primeros “clientes”) a costa de estafar a mucha gente. ¿Volverán las pirámides a Colombia? ¿Volverá DMG? Posiblemente. Porque siempre habrá colombianos dispuestos a dejarse estafar, y colombianos dispuestos a estafar a los demás. Y eso incluye a todo aquel que quiera participar. Colombiano come colombiano. ¿Y el Estado? Bien, gracias.