ago 09

“¿Es la religión judeo-cristiana responsable de la crisis ecológica?”

(Nota: el título va entre comillas porque no corresponde a esta entrada, sino al artículo de Andrés Alvarez Martínez, publicado en este enlace)

Las redes sociales se han vuelto una forma tan práctica como poco útil de creer que podemos revolucionar el mundo haciendo un clic. Así es como uno termina siguiendo cuentas de mucha gente practicante de las revoluciones de sofá, mejor conocidas como ciberactivismo. No sé si fue por devolver un follow en Twitter que terminé siguiendo a @Aidaespanol, pero por responder a uno de sus tweets ahora ambas cuentas tenemos un seguidor menos.

https://twitter.com/Aidaespanol/status/630184680168497152

Resulta que a raíz de la encíclica del papa Francisco Laudato si, da la impresión de que, por primera vez, el líder de la fuerza moral dominante en occidente pone de manifiesto su preocupación por la ecología y el medio ambiente. Entonces, al recibir el tweet de marras, recordé que había leído un artículo de Arnold Toynbee sobre el tema, que resumía la idea de que la destrucción ecológica por parte del ser humano tenía como causa nada menos que la interpretación religiosa del “creced y multiplicaos”. Y al buscar, no encontré el dichoso artículo sino uno aún más extenso, titulado “¿Es la religión judeo-cristiana responsable de la crisis ecológica?”, que incluye también lo dicho por Toynbee.

El tweet enlaza a un artículo del blog de la AIDA titulado “Dios es ambientalista, ¿y tú?”. Como la pregunta es provocadora, y como suelo responder una pregunta con otra, mi respuesta fue el título de este artículo y el enlace al original en pdf. Y en aras de la libertad de expresión con la cual cierra el artículo de la AIDA, mi tweet fue borrado. Por eso quiero retomar mi respuesta aquí.

Sobra decir que el concepto de dios es una aberración. Bastante tiene ya el mundo con la imposición de la idea de un dios omnipresente excepto en presencia del mal, omnisciente excepto para ver las consecuencias de su propia creación, y omnipotente excepto para detener la destrucción de su presunta obra. Ahora resulta que la causa ecologista tiene que apelar a esa misma idea para disminuir la destrucción medioambiental por las mismas razones equivocadas por las cuales la religión es un sistema de control social que funciona más o menos bien: no por comprender que la destrucción del entorno en un sistema cíclico redunda en la propia destrucción como especie, no por entender que el daño al planeta se traduce a la larga en daño a nosotros; no por razones nacidas de la inteligencia y la comprensión, sino de aquello que algunos llaman “temor de dios”.

Ya sea por la interpretación literal del Génesis, que define al hombre como “rey de la creación” y coloca al mundo a su servicio, ya sea por considerar herejía el panteísmo y la adoración a las fuerzas de la naturaleza, lo cierto es que el respeto por la ecología no ha demostrado provenir, de ninguna forma, de la religion organizada. A diferencia del actual buenismo neohippie de abrazar árboles y adorar a la Madre Tierra, la cosmogonía y visión de la naturaleza como una sola fuerza de la cual nace la vida era vista desde hace cinco siglos simplemente como pecado. Y este es el concepto clave: la prueba de que la ecología nunca fue importante ni siquiera para los papas del siglo XX es que destruir la “Creación” nunca fue vista como pecado. Sólo el papa anterior, Benedicto XVI, quiso convertir en pecado la contaminación ambiental, pero apelando a la misma razón equivocada detrás de la idea de pecado: no “ofender a dios”.

De hecho, el papa actual, Francisco, fue el autor de una frase con la cual se ha pretendido justificar la explotación minera en nombre de la palabra del dios sin nombre de los cristianos:

“El día del juicio final ante Dios, nos contaremos entre los que enterraron el talento dado y no lo hicieron fructificar. No sólo en agricultura y ganadería, sino también en minería”.

Esta frase (y citas como Génesis 2:10-12) fueron parte de un desesperado intento de algunas iglesias cristianas para justificar la explotación aurífera en el páramo de Santurbán (ver “El día que Dios respaldó la minería en Colombia”). Decían defender la minería legal y responsable, como si la minería en el páramo donde nacen las fuentes de agua de medio millón de personas no fuera una irresponsabilidad. Mientras los presuntos representantes de dios en la tierra no tengan que aprender a beber oro, está claro cuáles son sus prioridades.

Y no, la conclusión no es que quienes están en contra de la religión estén a favor de la destrucción del planeta. Ser ateo, agnóstico, animista o lo que sea no tiene nada que ver con respetar o no el ambiente. La religión sólo ha servido para controlar a la humanidad a través del miedo, y el ambientalismo basado en dios es una idea absurda e innecesaria. Si ha de protegerse a la tierra, mejor que sea por el fin de la ignorancia y la inconsciencia, que sea con ideas nacidas de la inteligencia, la ciencia, la tecnología, pero sobre todo, de la comprensión de que proteger la vida en la Tierra es parte de protegernos como especie. La Tierra ha sufrido cataclismos, glaciaciones y otras catástrofes, y la vida ha seguido. Y seguirá, sin nosotros o a pesar de nosotros. Una cosa es ser o no ateo, y otra ser tan estúpido como para creer que es buena idea apedrear el propio tejado.

jun 07

Obsolescencia programada: experiencias en primera persona

Uno de los puntos que más ha marcado a la humanidad en las últimas generaciones es su relación con la tecnología. Una relación que adopta muchas formas; la más usual, sin embargo, suele ser la dependencia. Mucha gente ya no conoce formas de comunicarse o transmitir información que no sean las que ofrece la tecnología; pero sobre todo, una forma especial de tecnología como parte del sistema económico imperante, en el cual todo es objeto de mercado.

http://www.youtube.com/watch?v=ZTVOBBbnjv4

Hace ya varios años que se emitió Comprar, tirar, comprar: un documental que dio mucho de qué hablar. Ha servido para ilustrar el concepto de obsolescencia programada, para alimentar el pensamiento conspiracionista y también para ser objeto de debate por parte del escepticismo organizado. Y no pensé que fuera a tocarme directamente, pero llega un momento en que, por más que uno pueda seguir existiendo con Windows 95 98 Millenium XP, el entorno circundante podría volver a la Edad de Piedra si desapareciera sólo uno de los avances tecnológicos omnipresentes hoy en día.

Comencemos con el PC. No sé quién o cuando se creó la idea de que la tecnología debía acompañar a las personas donde quiera que estuviesen, de que para acceder a la tecnología y la información no hacía falta anclarse junto a un PC. Así nació el concepto de movilidad, en la forma de smartphones y tablets, que ofrecían la posibilidad de acceso tecnológico unicamente con fines de entretenimiento y consumo, pero que por más que se hablara de la “muerte del PC”, nunca iban a reemplazarlo como herramienta de trabajo (porque sí, la gente que trabaja aún necesita y quiere un PC). Después de odiar a muerte a Windows Millenium arrastrándose en un viejo clón AMD 486, lo cambié por un Dual Core con Windows XP desde hace unos siete años y medio, que debe ir al doctor en estos días pero que aún funciona. Y si quisiera seguirle el juego a las distribuciones de Linux con sus versiones cada seis meses, lo seguiría usando con arranque dual.

El problema es que mi oficio me obliga a usar ciertas versiones de programas que ya no corren en un procesador que aún arrastra la marca Pentium (por lo cual no me lo reciben ni como donación). Y es la clase de software por la cual Linux sigue sin ser una opción: si una versión de AutoCAD tan obsoleta como la 2012 funciona en modo “garbage” con Wine, no tiene sentido hablar de las demás. Hace unos meses compré un portátil con Windows 8.1, un Toshiba (maquinón para trabajar como pocos, pero Toshiba decidió abandonar el mercado doméstico y enfocarse en empresas). luego de ver cómo en el trabajo se compraron varios portátiles Asus con Windows 8, obligándome (por ser parte de mi trabajo) a actualizarlos a la versión 8.1. Ahora que Microsoft ofrece la posibilidad de actualizar a Windows 10, me pregunto si será obligatorio pasarlos de Windows 8 a Windows 10 (porque por muchos hackeos al registro, pasar a 8.1 es casi obligatorio).

Uno supone que después del fiasco de Windows Vista, tanto Microsoft como los fabricantes habrán coincidido en que el equipo de mejor funciona no es el que tenga el procesador más potente, sino el que tenga el sistema que use los recursos de hardware de modo más eficiente. Por eso es fácil ver equipos que funcionan mejor con Windows 8 que con el 7, por ejemplo. Aún así, me temo que las nuevas características de conextividad y “experiencia de usuario” evolucionen más rápido que la inteligencia del usuario final, cuando por ejemplo, los clientes de la empresa en que trabajo piden información digital que luego son incapaces de descargar, y uno termina copiándola en un CD para llevárselo en el transporte público.

Otro ejemplo es el de los smartphones. Tengo un Android de gama baja, con algunas aplicaciones muy útiles (como TransmiSITP, por ejemplo), pero soy muy ingenuo al pensar que el resto del entorno lo usa para llamadas y mensajes. Mi jefe casi me obliga a instalar WhatsApp porque le sale muy caro enviar SMS. Yo me opuse (si la empresa me paga un plan de datos, bien; si no, no), pero un compañero con su flamante Samsung parece haber olvidado el concepto de mensaje de texto. Cámaras de chorrocientos megapixeles para selfies o fotos al espejo con destino al facebook vía 10G, para los mismos usuarios que mencioné antes, que cambian de smartphone cada año pero incapaces de hacer aquello que podía hacerse con el Nokia 1100. El otro extremo es el de la secretaria, que piensa que el celular es un “fijo portátil”.

Por último, impresoras. Señores de Lexmark: ¿por qué algunos de sus modelos están diseñados con partes imposibles de conseguir como repuesto, para solucionar daños que ocurren a escasos meses de haberse vencido la garantía? Y para colmo, salen con un firmware atrasado en dos versiones a la de Windows. Tenemos un multifuncional que dejó de funcionar como impresora porque aquella parte que arrastra el papel es más difícil de conseguir que el santo grial. O bueno, funciona a veces, porque empiezo a pensar que las impresoras son la primera forma de vida inteligente basada en silicio:

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Teorías las hay de todo tipo. La teoría de reducir la población mundial no tendría sentido si por ejemplo, se quieren vender millones de smartphones de gama media y baja. Regla N° 1 del capitalismo: crear consumidores (literalmente hablando). Otra teoría dice que la tecnología es una forma de ortopedia que reemplazó facultades que alguna vez tuvo la humanidad (la telefonía móvil reemplazó a la telepatía, por ejemplo). O también la teoría de que la obsolescencia programada obedece al plan de que sólo sea reconocido como información, conocimiento y cultura aquello transmitido mediante un gadget. Es cierto que ya no usamos la escritura cuneiforme, pero no justifica la idea de reemplazar toda forma de expresión humana por las posibilidades de una pantalla táctil. A veces la idea de un apocalipsis es pensar con el deseo, pero si llegara a ocurrir una no muy improbable tormenta electromagnética, por ejemplo, me pregunto quienes serían los primeros en regresar a la Edad de Piedra.

ene 10

Sociedad del Talión: cuando a ellos les funciona

Por más que se ofendan los prohumanistas, la única respuesta válida a qué debe hacer una sociedad con sus elementos antisociales irrecuperables es la pena de muerte. Después de todo, a los asesinos les funciona.

Comentando en KienyKe.com la actitud de los mexicanos quienes, cansados de la delincuencia y la inoperancia y corrupción de las autoridades,  deciden hacer justicia por cuenta propia.

Más allá de lo ocurrido tras los asesinatos de los caricaturistas de Charlie Hebdo en París (sobre los que no quiero hablar de la falacia del verdadero musulmán), más allá de que en pleno siglo XXI siga imperando la ley del más fuerte, más allá de que la desigualdad social sea el pretexto para la delincuencia y la violación de la ley y el derecho, cada crimen es un fracaso de la sociedad a la hora de hacer valer el respeto a unos derechos fundamentales que con tanto orgullo pretende defender.

En estos países no hay más ley ni justicia que la que se hace por cuenta propia. En cambio, si alguien mata a un ladrón en defensa propia, puede ir a la cárcel por leguleyadas como “uso desmedido de la fuerza”, o los jueces dejan libre a los delincuentes por “falta de garantías” o “no constituye un peligro para la sociedad”, como si creyeran que la ley es la letra menuda del contrato social.

No tiene sentido que una sociedad se organice con base en conceptos de ley y autoridad que luego pretenda interpretar a su antojo. Más allá de la necesidad de un gobierno, no sirve de nada decir que los derechos del individuo terminan donde comienzan los derechos ajenos, si todo es susceptible de interpretación, o si hay que preguntar a los progres si matar por un celular es culpa del coeficiente Gini.

Más allá de saludos a la bandera, de la indignación de los humanistas y los pro-vida, de palomitas blancas y pendejadas simbólicas, todos saben que lo único que cambia las cosas es dejar en claro el mensaje: una sociedad unida tiene que hacerle saber las cosas a ellos: que la ignorancia de la ley no es excusa; que la ley haga pensar dos veces a quien quiera pasarse por la faja el respeto a los derechos ajenos. Que quien se meta con el individuo, se mete con el grupo. Que la cárcel sea un castigo. Y que quien sobre, que no estorbe.

Está demostrado que el castigo funciona, porque les funciona a ellos (“haga lo que digo o…”). Está claro que la pena de muerte es una sentencia disuasoria, porque les funciona a ellos. Hay quienes dicen que en Colombia debería eliminarse la pena de muerte, porque la aplican ellos. En un país que lleva medio siglo sin recuperar el monopolio de la fuerza, donde la ley es un chiste y la justicia un concurso de leguleyadas, está claro que la única ley que funciona es la ley del más fuerte, y que la fuerza está del lado de ellos.

Solucionar la desigualdad como causa de la delincuencia es necesario, pero puede tomar generaciones. Siendo pragmáticos al límite, sólo hay una solución al dilema de qué hace una sociedad con sus elementos antisociales irrecuperables. La misma que intercambia el derecho a vivir de un asesino con el de una persona de bien. La misma que a ellos les funciona.

ene 03

Por qué los ateos no se ganan la lotería

Pregunta o afirmación, no lo sé. El portal Pulzo.com publicó la historia del ganador del Sorteo Extraordinario de Navidad, el pasado 20 de diciembre. Cómo estamos en Colombia, si alguien se gana la lotería hay que proteger su identidad; por eso la empresa de lotería llamó Juan Gómez (sic) a quien Pulzo llama Andrei Guzmán. De cualquier forma, si creemos en su testimonio, llama la atención lo involucrado que está el concepto de un ser supremo y omnipotente en el plan de premios de uno de los sorteos de lotería más grandes del país.

De entrada, definir el concepto de dios ya es un problema. Para muchos, un genio de los deseos; para algunos, la abstracción de los principios y leyes que rigen y dan orden al universo. Para la gran mayoría, un ser personal, inteligente, amoroso, celoso y vengativo, con las virtudes y defectos de cualquier humano creado a su imagen y semejanza (pero con el prefijo omni- y el sufijo -ísimo). De nuevo, como estamos en Colombia, el dios del que hablamos no es otro que el dios judeocristiano, tan arraigado en este continente que después de cinco siglos no se limita a ser una simple base del deísmo; aquí premia y (sobre todo) castiga, interviene en la vida y la sociedad sin pedir permiso y hasta decide el resultado de un partido de fútbol. Y nadie se gana la lotería sin su divina aprobación.

Revisando el testimonio del ganador del premio de marras, ambos artículos comienzan con la declaración inicial:

“Llevaba 4 meses estudiando el número [el 1713, de la serie 11], hasta que una noche en un sueño Dios me iluminó y tuve una gran revelación. Apoyándome en el ajedrez, en el estudio de los números y las probabilidades lo fui buscando”.

Destacemos este párrafo. Mucha gente ha estudiado “los números”, pero con la “numerología” y su curiosa combinación de conceptos aplicada a los juegos de azar: dios, fe, citas bíblicas, adivinación, universo y diezmo (por cierto, si técnicamente la biblia no condena la lotería es porque no era conocida en la Edad del Bronce). Lo de las probabilidades es obvio, pero por otro lado, ningún ajedrecista vería relación entre un juego abstracto de estrategia y un juego de azar (aunque sirve si hay que meter misticismo como sea). Y sobre la frase “una noche en un sueño Dios me iluminó”, si las discusiones entre ateos y creyentes han demostrado que dios es comprensible sólo por teólogos (o que sólo se revela a un club de selectos elegidos), entonces sí es más probable ganarse la lotería que tener una revelación del dios de Israel.

Es cierto que hay fenómenos que la ciencia no puede explicar (y menos cuando no se le permite observarlos con el método científico), pero por aquello de la navaja de Occam, si es algo que no ha pasado más allá de la mente del observador, lo más probable es que sea mentira (como si la mente no pudiera engañarse a sí misma). La idea de dios permite dar respuesta a cualquier cosa, pero es bueno recordar que hablar con dios es una cosa y escuchar a dios es otra. La segunda parte relevante del testimonio del ganador del sorteo de Navidad dice:

Un mes atrás apareció invertido (el número ganador) en otra lotería, ese día lo visualicé y dije, ese número va a caer. Con mi fe y creencias en las energías y el universo comencé a buscarlo hasta que lo encontré en manos de una humilde lotera de Bosa”.

Esto me recuerda el comienzo de un libro del famoso Método Silva, en el cual su autor hablaba de cómo la Mente Universal le reveló los números de una lotería, de cómo encontró el billete en otro estado fronterizo, y de cómo ganó el premio que necesitaba con ansias para financiar uno de sus proyectos. Y aquí es donde quiero responder (o preguntar) por qué los ateos no se ganan la lotería.

Mucha gente dirá que este es un artículo escrito desde la envidia, y que en este país muere más gente de envidia que de cáncer; tienen razón. Todo esto puede verse como un montón de afortunadas coincidencias por dos razones: porque técnicamente lo es, o porque sería el colmo que lo fuera. Si lo es, sería un desperdicio toda una vida destinada a estudiar ciencia cuando los problemas de la medicina, la política o hasta la meteorología se resuelven por las “energías” o la inescrutable voluntad de dios.

Si fuera cierto que la fe mueve montañas y manipula números aleatorios, entonces no sólo habrá sido en vano todo sentido común aplicado a las probabilidades, sino que los juegos de azar serían la prueba definitiva de la superioridad de la fe y la pobreza de espíritu, sobre la soberbia intelectual de los ateos (incluido un servidor) y aquellos que sólo conocen la energía que se puede medir en joules. Sería el triunfo de la superstición y la fe sobre la sentencia de que la lotería es un impuesto a no saber matemáticas. Por todo esto, más fácil que un ateo ganándose la lotería, es ver a un bienaventurado pobre de espíritu ganándose el Baloto y cruzando el ojo de una aguja hacia el reino de los cielos.

P.D.: “Era ateo, rezó en broma pidiendo un millón de dólares ¡y lo recibió! Ahora es católico.” Esto va en serio.

nov 29

Reflexiones sueltas: reggaetón y derechos humanos

“Aguantar dos horas de reggaetón da para violar todo el derecho internacional humanitario en defensa propia”.

Comentando el artículo Canciones que se han usado para torturar, muy curiosamente no soy el único en pensar que el reggaetón y aberraciones conexas podrían ser usadas como medio de tortura. Porque lo son.

P.D.: “La gente, el reggaetón y, dice Pineda, la anarquía, se apoderaron de la noche del barrio.” Crónica de la vida nocturna de Caracas, la ciudad más violenta de Sudamérica. Ahí lo dejo.

nov 29

El “Shakespearcito” y la apología de la imbecilidad

Una de las lecciones más aberrantes que recuerdo del catecismo católico es la que tiene que ver con el décimo mandamiento de la “ley de Dios”: No codiciarás los bienes ajenos. Según el catecista, esto quiere decir que debemos conformarnos con lo que nos ha tocado por voluntad de Dios, y cualquier ambición de alcanzar lo que no nos pertenece sólo puede satisfacerse violando los otros mandamientos. Y esto no se limita sólo a las posesiones materiales, sino intelectuales; a eso se refiere la bienaventuranza de la “pobreza de espíritu”, la renuncia a todo lo que signifique la codicia material y la soberbia intelectual. Porque no todos pueden gobernar, tendrá que haber gobernados; lo suficientemente inteligentes para obedecer, pero no tanto como para rebelarse. Este mundo será de los dueños del poder, mientras que a los pobres (de materia, y sobre todo, de mente) se los contenta con la inútil promesa del reino de los cielos.

El viernes murió el comediante mexicano Roberto Gómez Bolaños, quien como nadie contribuyó a celebrar y alimentar la “pobreza de espíritu” del pueblo latinoamericano. Más conocido por el nombre artístico de Chespirito, un presunto diminutivo de Shakespeare con el cual disfrazó de ingenioso un estilo ramplón, basado en el más primitivo humor de pastelazos y mexicanismos. Al igual que Cantinflas, todos sus personajes han contribuido a perpetuar la “viveza” del latinoamericano, la idea de que si se es “pícaro”, se puede superar la adversidad y salir adelante en la vida aún siendo un mediocre o un inútil. Y no hubiera sido sólo un comediante mexicano más, como muchos otros para nosotros desconocidos, si no fuera por el aparato mediático de Televisa, que inundó de miseria cultural al continente y más allá. No importa que no todos los latinoamericanos sean mexicanos; gracias al éxito de estas joyas de la televisión, no es raro que al norte del Río Grande nos vean como “frijoleros”, o que en el otro lado del charco todos somos “panchitos”.

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What am I, a beaner? (Fuente: http://bit.ly/1vxG07j)

Como bien decía Jaime Garzón (alguien cuyo sentido del humor sí tenía sólidas bases intelectuales, lamentablemente ignorado por ser visto como un humorista más): “Resulta que en Colombia no hay colombianos, vea… Los ricos se creen ingleses, la clase media se cree gringa, los intelectuales se creen franceses, y los pobres se creen mexicanos”. Por más que muy pocos mexicanos se sientan identificados con Cantinflas o los personajes de Gómez Bolaños, aquí se ha arraigado como en ningún otro lugar del continente la cultura popular mexicana, que desde el cine hasta las rancheras o los corridos, hacen apología de la violencia, el machismo, la pobreza, la ignorancia y la estupidez, ridiculizada y disfrazada de cultura según convenga (“los habitantes de Creta son los cretinos”). No en vano puede venir Gómez Bolaños a la feria del libro de Bogotá a decir que el Guernica de Picasso es una “caricatura”, con el aplauso de todo el auditorio. La única cultura válida es la que yo hago, lo demás son mamarrachos.

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Somos la base de la democracia, sufrimos las consecuencias de nuestras decisiones, no queremos ni sabemos hacer las cosas bien. ¿Con quién nos identificamos? (Fuente: http://bit.ly/1v4lDjt)

Algunos artistas se enorgullecen de saber “llegar al pueblo”, de no hacer arte para las élites sino para la clase trabajadora y demás; lo que en el fondo se puede traducir como llegar a las masas (por los beneficios de los números) o a los pueblos (por la escasa profundidad intelectual de sus obras).  Algo que el “Shakespeare de bolsillo” no demostró entender es que si las élites quieren burlarse de los pobres, entonces buscan justamente a comediantes como Gómez Bolaños, quienes ridiculizan al extremo la idea de pobreza y estupidez, para luego venderles la paz del conformismo con ideas como “mejor pobre pero honrado” y “los ricos también lloran”. Sin mencionar que los programas de Gómez Bolaños podían ser vistos como apologías a la violencia, la discriminación y todas aquellas cosas que los “humoristas del pueblo” pretenden defender o reivindicar.

No hay muerto malo, dicen cada vez que alguien famoso muere. Ningún trabajo es deshonra, suele responderse a quien cuestiona la dignidad de viejos de setenta años disfrazándose de niños para subsistir. Es posible que muchos de sus críticos alguna vez rieron con sus chistes, pero por ser típicos chistes de pastelazo y tropezón. No hacen gracia los viejos ridículos disfrazados de niños. No, no fue Shakespeare, no es humor inteligente, es adoctrinamiento en la mediocridad, cortesía de Televisa. Cuando se quiere recordar como un genio a un simple reciclador del humor ajeno, sólo hay que salir a la calle, ver lo mucho que puede parecerse nuestra realidad a la de la cuna de tanta presunta genialidad, y recordar aquella frase que dice que en nada se conoce tanto a las personas como en las causas de su risa.

ago 26

El análisis técnico bursátil, ¿una pseudociencia?

Si puedes predecir el clima, también el precio del petroleo.

Mark Zuckerberg, “The social network”

Según Wikipedia, una pseudociencia es “aquella afirmación, creencia o práctica que, no obstante a presentarse como científica, no cumple con un método científico válido, carece de respaldo de evidencias científicas o plausibilidad, no puede ser comprobada de forma fiable o carece de estatus científico”. Curiosamente, en la lista que incluye a viejos conocidos como la astrología, la homeopatía o el psicoanálisis, se encuentra nada menos que el análisis técnico bursátil.

Hay dos razones por las cuales se considera al análisis técnico como una pseudociencia. La primera, porque se basa en la interpretación y no en la lógica o la experimentación científica, según la cual las mismas condiciones iniciales deben producir los mismos resultados. La segunda, por su presunta utilidad para predecir el futuro de los precios (en términos de tendencia al alza o a la baja). Es lo que diferencia al análisis técnico de la estadística, por ejemplo. Ambas ramas se limitan a recoger datos de lo que ocurrió en el pasado, pero mientras que la estadística busca correlaciones con otros elementos como parte de la investigación científica, el objetivo de los analistas técnicos es determinar la futura tendencia del precio de un activo financiero a partir del comportamiento pasado de su precio, con base en el principal postulado del economista Charles Dow: el precio lo descuenta todo, es decir, todo lo que hay que saber sobre un activo financiero se refleja en el comportamiento de su precio.

El análisis técnico estudia los gráficos de precios de dos formas: con indicadores técnicos matemáticos, o a partir de las formas geométricas de los gráficos, lo que se conoce también como chartismo (o “chartomancia”, término que acuñé al leer por primera vez acerca de patrones como “triángulos”, “hombro-cabeza-hombro” y otros, que se pueden ver incluso en gráficos de valores aleatorios).

Si bien estudiando hacia atrás dichos gráficos es posible observar pautas que a priori pudieron ser útiles a la hora de tomar decisiones de compra o venta (como cambios de tendencia), mirando hacia adelante los analistas técnicos parecen sufrir también de la falacia del jugador: la creencia en que los sucesos del pasado afectan al azar en el futuro.

Es muy recomendable el ensayo La rebelión del mono: gurúes financieros y pseudociencia económica, de Pablo Mira, acerca de la interpretación chartista, la aleatoriedad de los mercados, y la falta de escrúpulos de vendedores de métodos, más eficaces para producir dinero vendiéndose como libros, que aplicados al mercado en sí.

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Gráfico de precios del par euro-franco suizo, con indicadores técnicos.

 Dicen que es mejor ser escéptico que dogmático, en este caso, estudiar más cautelosamente todo lo relacionado con el análisis financiero antes de llamar categóricamente un casino al mercado de valores. Aunque sea imposible encontrar la “piedra filosofal” del mercado financiero, seguramente muchos analistas se habrán aproximado bastante. El problema (después de ver “El lobo de Wall Street”), es encontrarlos sin caer en manos de Stratton Oakmont: asesores desinteresadísimos que se desvelan por nuestra libertad financiera mientras nos hacen pistola por teléfono.

Tal vez no sea cierto que el análisis técnico sea “astrología financiera”, por su vaguedad e imprecisión (los servicios de señales, se supone, dan órdenes concretas de compra y venta). Tal vez el mercado financiero no sea un casino, y tal vez el análisis bursátil, si bien no es una ciencia exacta, tampoco sea una pseudociencia. Pero si algo fuera tan dependiente de elementos tan impredecibles y poco científicos como la psicología (el “nerviosismo del mercado”, los “índices de confianza”, etc.), las noticias o la especulación, tendría tantos factores de impredecibilidad que costaría distinguirlo de un juego de azar.

jul 04

Brasil 2014: lecciones al final del camino

Hoy terminó para Colombia su participación en la Copa Mundial de fútbol de la FIFA, disputada en Brasil, consiguiendo el mejor resultado de su historia: llegar a cuartos de final. Y no es que mejorar el puesto 14 obtenido en Italia ’90 fuera imposible, pero a veces es fácil perder la noción de las distancias cuando en un sólo torneo se ganan más partidos que en todas las participaciones anteriores juntas. Algo similar sucedió con la participación de Colombia en los juegos olímpicos de Londres 2012, cuando ganó ocho medallas, casi tantas como las diez obtenidas desde 1932. Da vértigo evaluar tantos buenos resultados cuando, sencillamente, no se está acostumbrado.

El fútbol ha de ser muy raro para que tenga entre los intelectuales tantos detractores como defensores. Para unos es parte del circo mediocre del entretenimiento de masas, para otros el reflejo de la idiosincrasia de los pueblos, y para algunos un vestigio de nuestros instintos de cazadores-recolectores. Me pregunto si un historiador o arqueólogo del futuro que contemple las ruinas de Maracaná o Wembley (si llega a haberlas) diría lo mismo sobre nuestra sociedad que nuestros historiadores actuales sobre Roma, estudiando el Coliseo.

Volviendo al tema, Colombia (la selección y el país al que representa) demostró por qué hay que darse por bien servido al llegar a una etapa que otros países consideran un fracaso. Colombia (la selección de fútbol) hizo bastante en este torneo, pero volvió a ser para Brasil el equipo que fue para Argentina en las eliminatorias, el punto de inflexión de un combinado en el que ni Messi daba pie con bola. Colombia (el país), demostró que una sociedad que recorta abruptamente su jornada laboral por un partido de fútbol, tiene que agradecer (y mucho) haber perdido un juego y no una guerra. Y reflexionar por qué una victoria podría costar incluso más muertos que una derrota.

Dicen que el fútbol, como todo el deporte, es la sublimación de los instintos competitivos, arraigados en la especie desde los tiempos en que sólo valía la selección natural. Aunque volviendo al abominable concepto de nuestra idiosincrasia, el espíritu competitivo del colombiano promedio se manifiesta sólo en saber cuándo subirse al bus de la victoria. “Ganamos”, “somos unos berracos”, “si hubieramos ganado nos habría tocado Alemania” y otras muestras gratis de “mentalidad”, se siguen oyendo a la hora de escribir este artículo (es curioso oír aún grupos cantando el himno nacional a todo pulmón y haciendo sonar cornetas sólo por la inercia de una semana entera de expectativa).

Si parte de la naturaleza humana es competir, ¿por qué no competir en cosas que de verdad valgan la pena? ¿Por qué tiene que parecer totalitarista decir que un país que produce buenos deportistas como consecuencia de una sociedad que produce buenos ciudadanos? Si nos gusta tanto el deporte, ¿por qué no convertir en deporte el enfrentar los retos que nos impone vivir en sociedad? ¿Qué pasaría si convirtiéramos los índices de menor corrupción pobreza o desempleo en trofeos más valiosos que las medallas olímpicas o las Copas del Mundo? (He aquí un ejemplo curioso: el Mundial de Todo Lo Demás: los 32 países participantes en el mundial de Brasil 2014, compitiendo en aspectos tan variopintos como desempleo, esperanza de vida o premios Nobel per cápita).

P.D.: Este mundial de fútbol marcó un máximo de audiencia en Estados Unidos, y no sólo entre los hispanos, en un país que siempre asoció este deporte a los beaners y los comunistas. Tan curioso como que en los bastiones del actual comunismo bolivariano (Venezuela y Cuba), el deporte más popular siga siendo el mismo deporte nacional del “imperio”: el béisbol.

jun 22

La decadencia de El Espectador

Para la generación que vivió los dolorosos años 80 en este país, El Espectador era uno de los pocos ejemplos de dignidad y profesionalismo del periodismo, aún pagando un precio muy alto para sobrevivir frente a la violencia política, económica y social que prevaleció durante el siglo XX, hasta llegar a convertirse en uno de los abanderados mundiales de la libertad de prensa. Hoy, vendido al grupo Santo Domingo y convertido en pasquín del canal privado Caracol, difícilmente hoy puede alguien creer que fuera considerado uno de los mejores diarios del mundo.

Muchos periodistas de la vieja guardia dicen que Internet es la muerte del periodismo, porque permite -y obliga a- tener acceso inmediato a la información, de manera gratuita y antes de que se impriman las noticias en formato árbol muerto. Su valor agregado, dicen, es presentar esa información con un contexto y análisis adecuado para que el público pueda formarse una buena opinión. Es por eso que aún defienden el modelo de vender periódicos de papel hoy, con las noticias de ayer, como si fueran el medio del mañana. Y cuando llegan a Internet, es para demostrar que sigue siendo para ellos un medio desconocido, incómodo y peligroso.

La prueba de que El Espectador terminó convertido en un pasquín del grupo Prisa, dueño de Caracol, está en que éste lo considera una extensión de la publicidad de sus telenovelas o realities, pero también, de una visión superficial de Internet y las “nuevas tecnologías”. El noticiero de Caracol implementa mecanismos de “opinión” que no difieren mucho de las encuestas telefónicas de otros países hace 20 años, y a veces hacen partícipe a El Espectador de su mediocre visión de la importancia de las noticias:

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Preguntas estúpidas de Caracol, avaladas por El Espectador

Dentro de poco se cumplirán cuatro años del rescate de los 33 mineros chilenos que inspiraron a creer a los periodistas de Caracol, que un operativo que requirió 70 días de esfuerzos y 40 millones de dólares fue un “milagro”. La “urna virtual” es a lo que ha reducido el periodismo digital de Prisa la opinión de sus lectores o espectadores: hacer clic en una opción y convertir esas cifras en noticia. Todas, absolutamente todas las “encuestas digitales” de este tipo de medios son así. Quieren convertir el periodismo en una red social, abren secciones de comentarios que luego ignoran (y que deberían ser punibles), y quieren hacer noticia de lo que dice la gente en redes sociales o de encuestas virtuales.

Si Internet es la gran red mundial de información, también se vuelve fuente de problemas para quienes buscan comodidad sacrificando el criterio. Por ejemplo, cuando El Mundo Today -un blog español dedicado a hacer noticias satíricas- publicó el artículo “El Vaticano lanza una versión del Kamasutra con una sola postura“, resultó replicado por El Espectador, seguramente llevado a ustedes por la falta de criterio de algún pasante (becario) a quien el nombre del blog español le sonó a agencia de prensa seria. Muchos otros medios han caído en despistes similares, pero uno no espera eso de un diario a la altura de los elegidos para publicar los cables revelados por Wikileaks.

¿Y por qué hablar de la decadencia de El Espectador publicando gazapos de hace años? Porque siguen vigentes. Como el razonamiento lógico de quien publica obviedades y espera que sean noticia sólo porque están en un diario. Creería uno que quien redacta una noticia en un medio digital debería terminar por lo menos el bachillerato. Esta joya, por ejemplo, es de hoy:

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Internet será la muerte del periodismo, cuando el periodismo investigativo se convierta en buscar todo desde la comodidad de Internet. Viendo en lo que se ha convertido El Espectador, uno se pregunta por qué existiendo Internet, aún existe el periodismo analógico. Por qué aún existe El Espectador.

jun 08

Sentimientos mezquinos

En los últimos días, el deporte colombiano le ha dado al país dos noticias: una buena y una mala. La buena, el triunfo de Nairo Quintana en el Giro de Italia. La mala, la exclusión por lesión de Falcao García de la selección que jugará el mundial de fútbol en Brasil. Resulta curiosa la reacción del ciudadano común, proclive a criticar a quien es mejor en su oficio y que no es deportista de alto nivel, ante estas dos noticias.

Empecemos por la buena. Luego de quedar segundo en el Tour, un ciclista colombiano gana por primera vez el Giro, con una destacada actuación de otros ciclistas colombianos, y de pronto todo el mundo se siente “orgulloso” de ser colombiano. Ahora todos somos “verracos”, pedimos un aguardiente -un aguardiente de caña-, y despreciamos y nos ganamos el desprecio de los comentaristas de portales de Internet con discusiones patrioteras estúpidas. Y ahora un ciclista se vuelve ejemplo de lo que en teoría son todos los colombianos, pero en realidad cuando un deportista colombiano triunfa en el exterior, se vuelve sólo el conductor del bus de la victoria en el que se suben los demás, cual parásitos del mérito ajeno como prueba de un terrible complejo de inferioridad. ¿Alguien puede sentirse orgulloso de los triunfos de otra persona cuando lo único que comparte con ella es la nacionalidad?

Dos premisas. La primera: un país es lo que sus ciudadanos hacen de él. La segunda: uno sólo puede sentirse orgulloso de lo que hace, no de lo que hacen los demás. Así pues, haber nacido en un país con tres cordilleras y costa sobre dos mares, es algo para agradecer, no para sentirse orgulloso. A menos que hubiéramos convertido un peladero en un vergel; eso sí sería motivo de orgullo (infortunadamente es más factible lo contrario). Y si los ciudadanos de un país no contribuyen en la protección, formación o educación de sus mejores compatriotas, ni aprenden de ellos el sentido de la disciplina y la cultura del esfuerzo, ningún derecho les cabe a sentir orgullo por el mérito ajeno.

Ahora veamos el otro lado de la moneda: el del ídolo caído. Aunque aquí también hay mucho que decir sobre ese despreciable concepto llamado idiosincracia, también tengo algunas cosas que decir a título personal, en el ejemplo particular de Falcao García. Si el orgullo aquí es concebido como el parasitismo de los logros ajenos, la antítesis será la alegría por el mal ajeno. Una variante de envidia tan difícil de describir en una palabra que sólo los alemanes crearon el término Schadenfreude, aunque para el “colombiano-come-colombiano” es completamente familiar. Si Falcao pudiera jugar el mundial de fútbol y marcar goles, todos los colombianos estarían orgullosos de ello. Y se olvidarían de decir que sólo es un empujapelotas, más preocupado de la plancha del pelo y los millones de euros que gana en Mónaco que de defender la camiseta de la selección (porque nadie aquí dijo eso jamás).

Y ahora sí, mi reflexión personal. El deísmo es la aceptación de que el dios sin nombre de los cristianos creó el mundo, pero hasta ahí llegó su intervención en los asuntos mundanos. Por lo tanto, por muchas velas que le prendan, no va a decidir el resultado de un partido de fútbol ni la suerte de un futbolista. Muy en el fondo de mi conciencia surgió ese schadenfreude por saber que Falcao no jugará el mundial, porque de haberlo hecho habría provocado un milagro inadmisible. Recuperarse en cuatro meses de una lesión que en la práctica necesita al menos de seis, sería visto oportunamente como una intervención de su dios-hijo de dios-que no es dios, y como una prueba de que los milagros existen, y más para quienes pagan diezmo en millones de euros. Habría sido insoportable.

Por muy inclinada a la mediocridad que sea la idiosincracia colombiana, no existen términos medios con los sentimientos. O se ama o se odia con pasión, nunca con indiferencia. Cuando alguien gana, “ganamos todos”; cuando pierde, “pierden ellos”. La envidia, el complejo de inferioridad disfrazado de  orgullo o el schadenfreude son sólo prueba de ello, pero por muy arraigados que estén en la psicología autóctona nacional, no significa que el en fondo no sean sentimientos mezquinos.